En Mallorca, hay una expresión preciosa y muy reveladora: “pasar pena”. La habrás oído mil veces, sobre todo en boca de mujeres. Se usa para hablar de esa forma intensa de preocupación que aparece incluso antes de que ocurra nada. Es como si el cuerpo se adelantara a los problemas… y se angustiara por anticipado. Y aunque parezca algo anecdótico o cultural, resulta que tiene un reflejo muy claro en la ciencia del dolor.
La ciencia le ha puesto nombre a este fenómeno: catastrofismo frente al dolor (pain catastrophizing). Y es mucho más común de lo que creemos.
¿Qué es el catastrofismo frente al dolor?
Es una forma de pensar y sentir que exagera el dolor y lo vive como una amenaza inminente y desbordante. Quien lo sufre, tiende a rumiar sobre el dolor, a magnificarlo y a sentir una fuerte desesperanza. No es que “se lo invente”: es que su mente se queda enganchada en el dolor, lo anticipa, lo teme y lo amplifica.
Y no solo es una cuestión emocional. Esta manera de experimentar el dolor tiene consecuencias reales: el dolor se intensifica, interfiere más en la vida cotidiana, y hay mayor riesgo de que se cronifique. También se asocia a más visitas médicas, peor evolución tras cirugías, mayor consumo de analgésicos e incluso pensamientos depresivos o ideas suicidas.
¿Y qué pinta el movimiento en todo esto?
Mucho. Las personas que viven con catastrofismo suelen desarrollar también lo que se llama kinesiofobia, es decir, miedo al movimiento. Temen que moverse empeore su dolor o cause más daño. ¿Resultado? Se mueven menos, se aíslan más, y todo el sistema se debilita.
Este miedo al movimiento está tan relacionado con el dolor que puede predecir si una persona responderá bien o mal a ciertos tratamientos físicos como la manipulación espinal.
¿Por qué unas personas pasan más pena que otras?
Buena pregunta. Y la ciencia aún no tiene una respuesta definitiva. Lo que sí sabemos es que el cerebro tiene mucho que ver. Literalmente.
Gracias a técnicas como la resonancia magnética funcional, se han observado cambios reales en el cerebro de las personas con dolor crónico. Se ha visto, por ejemplo, una disminución de la materia gris (la parte más implicada en el procesamiento de la información) y alteraciones en las redes neuronales que controlan la atención, el miedo, el movimiento o la interpretación del dolor.
Y cuanto más tiempo dura el dolor, más se amplifican estos cambios cerebrales. El cerebro se reorganiza, y esa reorganización hace que seamos más sensibles, más temerosos y más vulnerables al dolor.
¿El catastrofismo causa el dolor crónico… o es al revés?
Todavía no lo sabemos con certeza. Lo que sí es evidente es que existe una relación estrecha entre ambas cosas. El dolor modifica el cerebro, y un cerebro modificado tiende a interpretar el dolor de forma más intensa. Es un círculo vicioso.
Pero hay una buena noticia: cuando somos conscientes de este mecanismo, podemos empezar a desactivarlo.
¿Y qué se puede hacer?
La conciencia es el primer paso. Muchas personas, al entender que su mente está jugando un papel en la forma en que viven el dolor, empiezan a relacionarse con él de otro modo. Lo ven venir, lo nombran, se calman. Y eso ya es empezar a romper el círculo.
Además, hay terapias muy efectivas que trabajan esta dimensión emocional y cognitiva del dolor. Los programas que combinan educación, movimiento consciente, regulación emocional y entrenamiento mental han demostrado ser muy útiles para reducir el impacto del dolor crónico.
De ahí que en una consulta como la nuestra, donde apostamos por un enfoque integrativo y profundo de la salud, valoremos tanto la dimensión psicoemocional. No basta con tratar el cuerpo: hay que escuchar la historia que el cuerpo está contando.
En resumen
“Pasar pena” no es solo una forma de hablar. Es una realidad que muchas personas, sobre todo mujeres, viven en su día a día. Y cuando esa preocupación se une al dolor, puede amplificarlo y cronificarlo.
Entender cómo funciona este proceso es el primer paso para salir de él. Y sí, se puede salir. El cuerpo y el cerebro son plásticos: pueden cambiar, sanar y encontrar nuevas formas de estar en el mundo.
Si sientes que el dolor te atrapa, que te da miedo moverte o que tu vida se está encogiendo alrededor del sufrimiento, no estás sola. Hay caminos posibles, y en nuestra consulta te acompañamos a recorrerlos con ciencia, cuidado y escucha.



